ESPEJISMO[1].
Por: Luis Alberto Corral García.
En
retrospectiva a mi vida, voy viendo como en un espejo, un reflejo que viene
espontáneamente y que a pesar de evitar su presencia se encuentra tan vivamente
que hace estremecer o simplemente viendo como una ilusión, como un sueño que conjunta
las miles de imágenes que se han adquirido en el desarrollo cotidiano de la
vida. Cualquiera que sea la manera en que aparecen las imágenes, soy conducido
como un navegante para contemplar la inmensidad.
Ahí
estoy, observando lo que he sido, sin embargo no me encuentro sólo. A mi lado
aparecen ciertas formas humanas que me hacen recordar a personajes que me han
acompañado en mis sueños. Quizás puedo jurar que son amigas mías, yo las
conozco, esas sombras que miro a mi lado, desde que tengo uso de razón, han
estado presentes en todos mis sueños. Me han acompañado siempre.
En
los momentos de angustia y depresión, vienen a mí flashazos de mis mejores
amigas. Al traerlas a mi memoria ellas me consuelan. Acudo a ellas, me miman,
me consienten, me dicen que están conmigo, que no me preocupe puesto que
estando ellas jamás pasará nada. Ahora que tengo la oportunidad de observarme
me doy cuenta que no sólo en mis sueños sino que en cada momento están conmigo.
Son las sombras que me guían en el caminar cotidiano, no me abandonan, me
abrazan y animan a seguir adelante.
Me
seducen constantemente a querer estar con ellas. Comencé a darme cuenta, que
cuando ellas aparecían, era en los momentos de angustia y como por arte de
magia yo desvanecía y me encontraba del otro lado, en un mundo solitario, en el
mundo de mis sueños, triste y vacilante caminaba, hasta que veía cómo ellas se
acercaban hacia mí. Con regocijo las recibía y mi angustia comenzaba a
desaparecer. Qué alegría la mía, tenía mi propio mundo en el que podía
refugiarme después de tantas amenazas humanas.
Todo
esto ocurría en los momentos más difíciles de mi vida, cuando la angustia se
apoderaba de mí. La mayoría de las veces caía en un desmayo, era tanta la
tristeza que agobiaba mi alma, que caía sin darme cuenta. Y ahí estaba del otro
lado, en cuanto lograba cruzar mi camino hacia la gran luz, mis preocupaciones
desaparecían. Como niño alegre que recorre los jardines y parques echaba a
correr para estar al encuentro de mis amigas. Han sido mi refugio.
Al
recorrer mi mundo, veía con agrado mi escenario, yo era el protagonista de mis
ilusiones, de lo que quería ser cuando grande. Al fondo mi escenario iluminado,
pasaban sin número de propuestas, las que uno se forjaba y otras tantas que los
demás lanzaban como si quisieran intoxicarme, con ideas raras que te vuelven un
odioso de la vida, pero faltaba el propio protagonista y los espectadores. Me
di cuenta que de nada servían las ilusiones, las ganas de vivir, de ser
alguien, de ser reconocido por la gente. Ni siquiera en el mundo de mis sueños
podía hacer realidad lo que quería ser. Nada se concretaba.
Al
despertar, mi vida continuaba solitaria. Sin padres, sin hermanos, familiares
ni amigos. Yo siempre quise estar rodeado de gente que me amara y sin embargo los
que me rodean es la gente que se puede empezar a odiar desde un instante, esa
gente llena de odio y coraje ante el ser humano. De qué sirve una compañía así,
si de cualquier manera uno se encuentra solo, a menos que uno quiera empezar a
llenarse de odio y ser bien recibido por la gente que tiene su interior lleno
de podredumbre.
Lo
cierto es que en esos momentos de mi vida podía declarar que la angustia y la
depresión eran mis grandes amigas. Ellas eran las únicas que podían sacarme de
mi odio y coraje ante la vida o mejor dicho ante la gente que hacía y sigue
haciendo eso especial: provocar para ser odiada. Ellas hacían que desfalleciera
mi coraje ante esa gente hipócrita y odiosa, pero al despertar de manera
irónica y contradictoria esto se convertía doblemente en un ataque contra
ellos. Odiaba a lo que odiaban.
El
reflejo de mi vida me hace reconocer que siempre acudo a ellas porque me han
seducido, me hacen ver de distinta manera. Del lado de mi sueño hay
tranquilidad, sin embargo en cuanto despierto hay más odio del que puedo sentir
hacia esa gente horrorosa. Qué irónico es eso, pero así me sucedía.
En
esa inmensidad que se me ha permitido observar, puedo ver con detenimiento a
mis amigas, tristes, inmóviles, sin mimarme. Dan el aspecto de ser engendros de
la misma muerte. Me han seducido… sí… pero observo que además me han ido
desgastando, ya no siento tanta alegría al verlas, porque ya no sonríen, ya no
me protegen, simplemente ahí están, conmigo, porque lo han jurado. Y yo… yo
ahora soy un títere de ellas que me han sabido manejar para odiar a la vida y a
la gente.
Me
han seducido y me han engañado… y yo… triste, observo que ellas maquilladas
como la muerte, me han ido matando poco a poco, la angustia y la depresión
pueden ser las mejores amigas porque hacen olvidar, pero son a la vez las
mejores seductoras porque una vez que te atrapan, si se les sigue fielmente,
pueden llegar a arruinar lo que ellas tienen en contra… la misma Vida.
Solitario
me encuentro observando la inmensidad de lo que ha sido mi vida, pero reflejando,
como en un espejo, como en una visión, lo que aún estoy a tiempo de cambiar,
deshacerme de las que prometieron ser mis amigas y que me han ido conduciendo
al lugar de donde vienen, a la propia muerte, una muerte que seduce y atrapa y
desgasta poco a poco…
[1] Texto publicado en Fanzine Yema (mayo 2014),
organizado por el Foro Cultural Universitario “Espiral” de la Universidad de
Guanajuato, Campus Guanajuato. Es una interpretación a una ilustración creada
por Jassiel Hernández, que me reservo el derecho de publicar por falta de
permiso.